Un vecino de Alfafar que estuvo a punto de fallecer por una parada cardíaca se reencuentra con una de las personas que le salvaron la vida

Los protagonistas de la historia se funden en un abrazo. La situación no es para menos. Antonio Martínez, de 71 años de edad, acaba de conocer al bombero que le salvó la vida, Miguel Roncero, de 40 años. El anciano estuvo a punto de morir en la estación de Atocha tras sufrir una parada cardiorrespiratoria en un vagón de un tren de alta velocidad. EL SAMUR tardó 18 minutos en llegar, pero Miguel Roncero y un anestesista de Madrid practicaron maniobras de reanimación cardiopulmonar a la víctima. El masaje cardíaco y la respiración boca a boca aseguraron la oxigenación de los órganos vitales de Antonio y evitaron su muerte súbita.
Un mes después de aquellos angustiosos hechos, LAS PROVINCIAS fue testigo del reecuentro entre el bombero y el anciano. «Nunca olvidaré lo que hiciste por mí», afirma Antonio, acompañado por su mujer y sus tres hijos en el domicilio familiar en Alfafar. «Si no llego a viajar al lado de este bombero ahora estaría muerto», asevera el anciano mientras abraza otra vez a Miguel.
«El médico nos dijo que mi marido vivía por las maniobras de reanimación que le hicieron antes de que llegara la ambulancia», explica Carmen Aleixandre sin dejar de mirar al bombero. «Ahora tenemos otro hijo», añade con los ojos humedecidos.
Mientras recuerdan la dramática escena, los tres hijos del matrimonio escuchan con atención las palabras del bombero del parque de Motilla de Palancar. «Me alegro de que estés bien», dice Miguel tras restar mérito a su extraordinaria actuación. «Ahora tengo dos fechas de cumpleaños y un nieto que quiere ser bombero», responde con orgullo Antonio.
El 14 de diciembre del año pasado, Antonio y Carmen subieron al AVE en la estación de Atocha para regresar a Valencia tras visitar a unos amigos en Madrid. El reloj marcaba las 11.35 horas. El tren estaba a punto de iniciar la marcha. Otros 20 viajeros ocupaban los asientos del vagón. Entre ellos se encontraban Miguel Roncero, un bombero valenciano que regresaba a casa con su mujer -tras disfrutar de su luna de miel en Camboya-, y Javier Moya, un anestesista que trabaja en Madrid. Nada hacía presagiar los minutos de angustia que estaban a punto de vivir.
De repente, Antonio le dijo a su esposa que se estaba mareando y perdió el conocimiento. Carmen pidió auxilio. Miguel acudió de inmediato en su ayuda. La vida del anciano pendía de un hilo. «¡Apártense, soy bombero!», gritó. «Sus pupilas estaban totalmente dilatadas y no tenía pulso», recuerda Miguel, que puso su cronómetro en marcha. «Es algo que suelo hacer para luego informar al médico del tiempo que ha estado la víctima en parada cardiorrespiratoria», sostiene. Fueron los 17 minutos más largos de su vida. Durante ese tiempo, el bombero y el anestesista no dejaron de practicar el masaje cardíaco y la respiración boca a boca, respectivamente.
Mientras los dos viajeros se afanaban por salvar la vida de Antonio, otro médico hablaba por teléfono con un operador del 112. «¡Por favor, envíen rápido la ambulancia!», rogó con un gesto serio. Pero Miguel y Javier no perdieron la serenidad. El SAMUR tardaba. Continuaron las maniobras de reanimación hasta que llegó un equipo sanitario con un desfribilador. Al final, el esfuerzo de los dos pasajeros del AVE se vio recompensado de la mejor forma posible: la vida de una persona. La vida de Antonio. La vejez de un trabajador jubilado de Telefónica.
Tras permanecer 17 días en la unidad de cuidados intensivos y otros 14 en una habitación del Hospital 12 de Octubre, el anciano disfruta ahora, más que nunca, de sus cuatro nietos en Alfafar. «Me gustaría también agradecer al anestesista lo que hizo, pero no sé dónde buscarlo», manifiesta Antonio con el rostro cariacontecido.
Miguel es la segunda vez que salva la vida de una persona. Como miembro de un equipio de Bomberos Sin Fronteras, el bombero valenciano participó en el rescate de un niño de 14 años que había quedado sepultado por los escombros de un edificio en la isla de Sumatra. El menor sobrevivió a un terrible terremoto que causó miles de muertos.



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